El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes

Capítulo Primero

Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado; pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura.

En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.

Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo por lo menos del imperio de Trapisonda: y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dió priesa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fue limpiar unas armas, que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían una gran falta, y era que no tenía celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encajada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte, y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada, y le dió dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana: y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, lo tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje. Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis, et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le podría: porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que declarase quien había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón, que mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba: y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar ROCINANTE, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo. Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar DON QUIJOTE, de donde como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda se debía llamar Quijada, y no Quesada como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse DON QUIJOTE DE LA MANCHA, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín, y confirmándose a sí mismo, se dió a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: si yo por malos de mis pecados, por por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: yo señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero D. Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante? ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero, cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dió cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla DULCINEA DEL TOBOSO, porque era natural del Toboso, nombre a su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

Los hijos infinitos

Andrés Eloy Blanco

Cuando se tiene un hijo, se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,

se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga

y al del coche que empuja la institutriz inglesa

y al niño gringo que carga la criolla y al niño blanco que carga la negra

y al niño indio que carga la india y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños que la calle se llena

y la plaza y el puente y el mercado y la iglesia

y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle y el coche lo atropella

y cuando se asoma al balcón y cuando se arrima a la alberca;

y cuando un niño grita, no sabemos si lo nuestro es el grito o es el niño,

y si le sangran y se queja, por el momento no sabríamos

si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño que acompaña a la ciega

y las Meninas y la misma enana y el Príncipe de Francia y su Princesa

y el que tiene San Antonio en los brazos y el que tiene la Coromoto en las piernas.

Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,

todo llanto nos crispa, venga de donde venga.

Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera.

Y cuando se tienen dos hijos se tienen todos los hijos de la tierra,

los millones de hijos con que las tierras lloran,

con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,

los que Paul Fort quería con las manos unidas

para que el mundo fuera la canción de una rueda,

los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,

quiere con Dios adentro y las tripas afuera,

los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima

entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,

porque basta para que salga toda la luz de un niño

una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos

se tiene todo el miedo del planeta,

todo el miedo a los hombres luminosos

que quieren asesinar la luz y arriar las velas

y ensangrentar las pelotas de goma

y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda.

Cuando se tienen dos hijos

se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,

toda la angustia y toda la esperanza,

la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,

si el modo de llorar del universo

el modo de alumbrar de las estrellas.

La historia de un caballo que era bien bonito

Aquiles Nazoa

Yo conocí un caballo que se alimentaba de jardines.Todos estábamos muy contentos con esa costumbre del caballo; y el caballo también porque como se alimentaba de jardines, cuando uno le miraba los ojos las cosas se veían de todos los colores en los ojos del caballo.

Al caballo también le gustaba mirarlo a uno con sus ojos de colores, y lo mejor del asunto es que con los ojos de ese caballo que comía jardines se veían todas las cosas que el caballo veía, pero claro que más bonitas, porque se veían como si tuvieran siete años.

Yo a veces esperaba que el caballo estuviera viendo para donde estaba mi escuela. El entendía la cosa y miraba para allá, y entonces mi hermana Elba y yo nos íbamos para la escuela a través de los ojos del caballo.

¡Qué caballo tan agradable! A nosotros cuando más nos gustaba verlos era aquellos domingos por la mañana que estaban tocando la retreta y ese caballo de colores llegaba por ahí vistiéndose de alfombra por todas partes que pasaba.Yo creo que ese caballo era muy cariñoso. Ese caballo tenía cara de que le hubiera gustado darle un paseíto a uno, pero quien se iba a montar en aquel pueblo en un caballo como ese, pues a la gente de ahí le daba pena; ahí nadie tenía ropa aparente.

Como sería de bonito ese caballo que con ese caballo se alzó Miranda contra el gobierno porque se inspiró en el tricolor de sus labios y en el rubio de sus ojos.Ese caballo si se veía bonito cuando estaban tocando ahí esa retreta y el Señor Presidente de la Sociedad de Jardineros lo traía para que se desayunara en la plaza pública.Que caballo tan considerado. Ese caballo podía estar muy hambriento, pero cuando los jardineros lo traían para que se comiera la plaza, el sabia que en el pueblo había mucha gente necesitada de todo lo que alli le servían, y no se comía sino a los músicos.Y los músicos encantados.

Como el caballo estaba lleno de flores por dentro, ellos ahí se sentían inspirados y se la pasaban tocando música dentro del caballo.Bueno, y como el caballo se alimentaba de jardines y tenía todos los colores de las flores que se comía, la gente que pasaba por ahí y lo veía esperando que los jardineros le echaran su comida decían: míreme ese caballo tan bonito que está ahí espantándose las mariposas con el rabo.

Como sería de bonito ese caballo que con ese caballo se alzó Miranda contra el gobierno porque se inspiró en el tricolor de sus labios y en el rubio de sus ojos.Y el caballo sabía que decían todo eso, y se quedaba ahí quietecito sin moverse para que también dijeran que aquel caballo era demasiado bonito para vivir en un pueblo tan feo, y unos doctores que pasaron lo que dijeron es que lo que parecía ese caballo es que estaba pintado en el pueblo.

¡Así era de bonito ese caballo!

Todo el mundo era muy cariñoso con ese caballo tan bonito, y más las señoras y señoritas del pueblo, que estaban muy contentas con aquel caballo que se alimentaba de jardines. ¿No ve que como consecuencia de aquella alimentación lo que el caballo echaba por el culito eran rosas?Así, cuando las damas querían adornar su casa o poner un matrimonio, no tenían más que salir al medio de la calle y recoger algunas de las magníficas rosas con que el caballo le devolvía sus jardines al pueblo.

Una vez en ese pueblo se declaró la guerra mundial, y viendo un general el hermoso caballo que comía jardines, se montó en él y se lo llevó para esa guerra mundial que había ahí, diciéndole: mira caballo, déjate de jardines y de maricadas de esas y ponte al servicio de tal y cual cosa, que yo voy a defender los principios y tal, y las instituciones y tal, y el legado de yo no se quien, y bueno, caballo, todas esas lavativas que tu sabes que uno defiende.

Apenas llegaron ahí a la guerra mundial, otro general que defendía el patrimonio y otras cosas así, le tiró un tiro al general que estaba de este lado de la alcabala, y al que mató fue al caballo que se alimentaba de jardines, que cayo a tierra echando una gran cantidad de pájaros por la herida porque el general lo había herido en el corazón.La guerra por fin tuvo que terminarse porque si no hubiera quedado a quien venderle el campo de batalla.

Después que terminó la guerra, en ese punto que cayó muerto el caballo que comía jardines, la tierra se cubrió de flores.Una vez venía de regreso para su pueblo uno que no tenía nombre y estaba muy solo y había ido a recorrer mundo buscando novia porque se sentía bastante triste, ¿no ve que le mataron hasta el perro con eso de la defensa de los principios y tal?, y no había encontrado novia alguna porque era muy pobre y no tenia ninguna gracia.Al ver ese reguero de flores que había ahí donde había muerto el caballo que comía jardines, el hombre cogió una de su gusto y se la puso en el pecho.

Cuando llegó al pueblo encontró a su paso una muchacha que al verlo con su flor en el pecho, dijo para ella misma: que joven tan delicado que se pone en el pecho esa flor tan bonita. Hay cosas bonitas que son tristes también, como esa flor que se puso en el pecho ese joven que viene ahí. Ese debe ser una persona muy decente y a lo mejor es un poeta.Lo que ella estaba diciendo dentro de ella con ese asunto, el hombre no lo escuchó con el oído, sino como lo oyó fue con esa flor que tenía en el pecho.

Eso no es gracia; cualquiera pude oír cosas por medio de una flor que se ha puesto en el pecho. La cuestión es que uno sea un hombre bueno y que reconozca que no hay mayores diferencias entre una flor colocada en el pecho de un hombre y la herida de que se muere inocentemente en el campo un pobre caballo.Qué iba a hacer, le regaló a aquella bonita muchacha la única cosa que había tenido en su vida, le regaló a la muchacha aquella flor que le servía a uno para oír cosas: ¿quién con un regalo tan bueno no enamora inmediatamente a una muchacha?

El día que se casaron, como el papá de ella era un señor muy rico porque tenía una venta de raspado, le regaló como veinticinco tablas viejas, dos ruedas de carreta y una moneda de oro.Con las veinticinco tablas el hombre de la flor se fabricó una carreta y a la carreta le pintó un caballo, y con la moneda de oro compro una cesta de flores y se las dio de comer al caballo que pinto en la carreta, y ese fue el origen de un cuento que creo haber contado yo alguna vez y que empezaba: «Yo conocí un caballo que se alimentaba de jardines».
¡Así era de bonito ese caballo!

¿Por qué leer a Shakespeare?

Más bien pensemos por qué no leerlo.

Shakespeare está en todos lados: en una canción de los Beatles, en un libro de Umberto Eco, en un poema de Jorge Luis Borges. Hay que leerlo porque sus frases abarcan cualquier situación de la vida. Hay que leerlo porque es el genio de lo simple, no se anda con rodeos, ni con frases complicadas. Ser o no ser, esa es la cuestión. Nos habla del existencialismo que domina nuestras vidas. No más.

Hamlet no falla nunca, Sueño de una noche de verano no falla nunca, Romeo y Julieta menos. No puede faltar Shakespeare en nuestras vidas.

Algunas frases memorables:

Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero

En un minuto hay muchos días

Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar

Deja en libertad a tus ojos: contempla otras bellezas

No basta levantar al débil, hay que sostenerlo después

Sabemos lo que somos, pero no en lo que podemos convertirnos

El pasado es un prólogo

Hay para mí más peligro en tus ojos que en afrontar veinte espadas desnudas

Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara

Haruki Murakami: “El trabajo de un novelista es soñar despierto”

Entrevista para El País por Raquel Garzón.

Escritor superventas y favorito en las quinielas del Nobel, a sus 69 años el japonés Haruki Murakami calcula que su literatura le permitirá seguir persiguiendo “vidas distintas” durante una década más. Reacio a las entrevistas, recibe en exclusiva a El País Semanal en Ecuador para hablar del poder de la imaginación, los miedos, los maratones, el matrimonio y las ganas de probar cosas nuevas. Desde agosto conduce en Tokio un programa radiofónico en el que cultiva otra de sus pasiones: la música.

TODOS VIVIMOS en una especie de jaula. Puede ser de oro y hermosa, pero es la jaula que supone ser solo uno mismo”, dirá él, que vende libros por millones y cuyo nombre suena infaltablemente como candidato al Nobel desde hace una década. Haruki Murakami, autor de novelas como Tokio bluesBaila, baila, baila y 1Q84, y el escritor japonés que ha sido traducido a 50 idiomas, hizo de la literatura un salvoconducto para burlar ese encierro. Y de no conceder entrevistas, parte de su leyenda.

¿Murakami, el que corre un maratón por año desde hace 37, escribe improvisando como un jazzman y tiene una colección de 10.000 vinilos? ¿El que tachona sus historias de personajes sin nombre, canciones, túneles, gatos, soledades, espectros, sueños, crueldades y vuelve al amor y al desamor —una y otra vez— como si en verdad pudiéramos entenderlos?

Ese mismo Murakami (Kioto, 1949), fanático de los Beatles y casado a lo Lennon desde hace 47 años con una mujer llamada Yoko, acaba de entrar al salón del cuarto piso del hotel que ocupa hoy el solar de la primera casa construida en el casco colonial de Quito, fundada por Francisco Pizarro en el siglo XVI. El narrador que imagina novelas por entregas con libros iniciales de 600 páginas y tiene a los lectores colgados como yonquis esperando las siguientes 400 visita por primera vez ­Sudamérica a raíz de los festejos de un siglo de relaciones entre Ecuador y Japón. “La altitud hace peligroso correr aquí, pero visité Galápagos, que es muy hermoso. Hablé también en un teatro donde unas 2.000 personas me hicieron sentir como Bruce Springsteen”, bromea.

Lleva una barba entrecana de varios días y calza deportivas negras con cordones color naranja rabioso que hacen temer que se dará a la carrera si las preguntas lo incomodan. Confirma en la charla algo leído: tiempo atrás compró en Hawái la casa donde se filmó Perdidos. “Fue casualidad, no conocía la serie; cuando la vi me gustó, pero eran otros los que decían: ‘¡Esa es tu casa!’. Yo no fui capaz de reconocerla”.

Cortés, al hablar en inglés cultiva un tic: antes de responder estira los silencios como si los catara y desvía la vista hacia la derecha buscando palabras que lo expliquen en ese idioma ajeno. Su decimocuarta novela es la excusa de este encuentro: La muerte del comendador refiere a una escena de la ópera Don Giovanni, de Mozart, y a una pintura que encuentra el protagonista, un retratista en plena crisis existencial. Se publica en dos volúmenes (Tusquets lanzó el segundo el 15 de enero) y solo en Japón ha vendido 1.800.000 ejemplares.

Eso alcanza y sobra para imaginar a toda la ciudad de Barcelona (bebés incluidos) leyendo al mismo tiempo al hombre que ahora sonríe, mientras recuerda su visita a Santiago de Compostela en 2009. “Los alumnos de un instituto [el IES Rosalía de Castro] eligieron Kafka en la orilla como libro del año y viajé a recibir el premio. Siempre lo recuerdo: eran chicos muy inteligentes. Me gustó Galicia; los mariscos y el vino son estupendos”.

La muerte del comendador empieza con un sueño inquietante: un artista debe pintar el retrato de un hombre sin rostro. ¿Llegó así la idea del libro? No, agregué ese prólogo. Lo primero que apareció fue el paisaje. Una casa cerca del mar, en lo alto de una montaña y en el límite: hacia delante se ve despejado, y hacia atrás, siempre nubarrones. Escribí esos párrafos iniciales y me pregunté qué pasaría porque no tenía idea. El protagonista cuenta la historia de su esposa, de quien se separa cuando le dice que no puede seguir viviendo con él. Recorre Japón en coche, solo, aturdido, sin entender qué sucede, hasta que varios meses después un amigo le presta esa casa.

Muchas de sus ficciones presentan protagonistas en crisis que atraviesan la treintena. ¿Qué significado tiene esa década para usted? En Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, una novela larga de los noventa, narré la vida de un treintañero cuya cotidianidad cambia cuando desaparecen primero su gato y luego su mujer. Empecé en tercera persona, pero volví a la primera porque sentía que lo que quería contar requería mayor intimidad. No sé por qué elijo esos protagonistas. Tal vez sea ese sesgo personal, esa búsqueda de sentido en medio de la vacilación, lo que me interesa. Es como si a esa edad nos diéramos cuenta de que esa vida es la nuestra. Ese proceso de apropiación me intriga. Uno no es tan joven ya, pero tampoco viejo. Es libre y vulnerable a la vez.

Este personaje, sin embargo, no se siente tan libre, ¿no? Su crisis es radical: pinta retratos, vive de eso, pero no sabe cuál es su obra. Lucha para entender lo que quiere expresar; es una búsqueda definitoria. La novela cuenta también eso: su descubrimiento como artista, su estado mental como creador.

“Yo no sueño. O no recuerdo los sueños, pero mi literatura está llena de ellos; los imagino. Un amigo psiquiatra me decía: ‘Escribes, no tienes que soñar”

¿Qué colores usaría para pintar su propio retrato? ¿Colores? Cuando escribo pienso en música, no veo ningún color. Quizá sea una forma de poder usarlos todos. Me pasa algo similar con los sueños. Yo no sueño. O no los recuerdo, pero mi literatura está llena de ellos; los imagino. Un amigo mío, psiquiatra, solía decirme: “Escribes, no tienes que soñar”.

¿Se ha psicoanalizado alguna vez? No, el psicoanálisis no me interesa, pero sí debería haberle preguntado por qué no creía necesario que yo soñara. Lo lamento; murió hace algunos años.

¿Extraña algo de su vida anterior a la literatura, la época en que su mujer y usted regentaban un club de jazz? Extraño el mundillo, los músicos. Pero desde agosto conduzco un programa de radio en Tokio. Soy pinchadiscos y recuperé lo más divertido de aquel tiempo. Elijo la música —rock, pop, jazz— y hablo sobre ella y sobre literatura. Tenía mis dudas, pero Yoko me alentó: “Puedes hacerlo. Serías un buen DJ”, me dijo. Y estoy disfrutándolo. El sentimiento es de puro placer.

Publicó su primera novela en 1979 y cambió su rutina: dejó de trasnochar, comenzó a correr diariamente… ¿Le gustaría que sus lectores lo leyeran también con todo el cuerpo? [Se ríe] No, escribir novelas largas como las mías requiere un esfuerzo sostenido y metódico. No es un trabajo liviano; escribo con la sensación física de darlo todo; administro mi energía como el aire en los maratones e intento ofrecer siempre algo nuevo. Solo espero que el lector disfrute del libro. Esa es su parte.

Lo preguntaba por el modo en que sus relatos convocan todos los sentidos. Hay música, sexo, comida… Me gustan las cosas físicas. Si escribo sobre alguien que bebe una cerveza, espero que los lectores quieran una. Busco imprimirle a mi literatura esa dimensión porque confío en la reacción corporal como algo ­auténtico, inmanejable, y si aparece, creo que la historia está funcionando. Si alguien en el libro enferma, me gustaría que el lector viviera sus síntomas. Ese es el propósito del relato.

Escribir sobre la soledad, la violencia, la locura, ¿qué es lo más desafiante? Lograr que los lectores rían. No sonreír; hablo de reír a carcajadas. Muchos japoneses leen mis libros de pie en el metro o en el tren, cuando van al trabajo; la gente alrededor los mira, puede resultar hasta vergonzoso para ellos. Pero yo siento que logré lo que buscaba.

¿Por qué es tan importante para usted? Reír y llorar son las emociones más transparentes. Pero hacer llorar es más sencillo. Cuando ríes es porque tu atención se ha relajado; estás allí, hay entre lo que el libro cuenta y lo que sientes un punto de encuentro, una humanidad corpórea. Me gusta llegar a ese espacio común. Soy escritor y, por supuesto, tengo opiniones e ideas que expresar, pero sin ese nivel físico esencial, risa y llanto, creo que sería muy difícil transmitir lo que quiero contar.

Haruki Murakami, retratado a finales del año pasado en Nueva York.
Haruki Murakami, retratado a finales del año pasado en Nueva York. NATHAN BAJAR 

Menshiki, el millonario solitario que homenajea a Gatsby en esta novela, no piensa en la paternidad hasta que sabe que Marie puede ser su hija. ¿Cómo fue su vivencia de ese tema? ¿Perdone?

Usted no tiene hijos… No.

¿Se arrepiente? [Se toma 30 segundos antes de contestar]. No, no me arrepiento mucho de eso. Pero cuando escribí la novela pensaba en la posibilidad de haber tenido un hijo. Quise imaginar qué hubiera pasado si, como le sucede al personaje, mi última novia hubiera tenido una niña y yo no hubiera sabido nada durante años. Hay una posibilidad muy remota, pero existe. Escribir novelas es perseguir posibilidades. Elegiste algo cuando tenías, digamos, 31 años y te trajo hasta aquí. Es lo que eres. Pero si hubieras tomado otra vía, tendrías una distinta. Tirar de esa probabilidad es el juego de la ficción. Veo mi literatura como la persecución de esas vidas diferentes. Todos vivimos en una especie de jaula, la que supone ser solo uno mismo. Como escritor de ficción, puedes salir y ser diferente. Eso es lo que estoy haciendo la mayoría de las veces.

¿Escapar? Vivir mis yos alternativos. ¿Soy yo mi protagonista o ese otro personaje, Menshiki? Podría haber sido yo; uso cosas mías para componerlo, pero es apenas una posibilidad de mí. El trabajo de un novelista es soñar despierto. Es maravilloso; lo disfruto hace 40 años y creo que voy a poder hacerlo otra década. Cuando no escribo relatos, escribo ensayos o hago traducciones. De alguna forma, escribo todos los días. Si no escribo, no es un buen día.

¿Tiene un sentido especial para usted cumplir 70 años? No siento nada especial, pero tampoco me arrepiento. Cometí errores, como todos, pero lo que pasó, pasó. La inocencia es inevitable; en eso soy una especie de fatalista. Me ha preguntado si lamento no haber tenido hijos. Simplemente sucedió. No puedo hacer nada. Acepto lo que sucede. Quizás en esto sea diferente de otras personas. Vivo y escribo mis novelas desde esa aceptación. Es importante para mí.

¿Acepta también sus miedos? ¿A qué le teme? Me estoy haciendo viejo. No sé cómo es ni qué se siente porque es mi primera experiencia [se ríe]. Pero tengo curiosidad y es más fuerte que el miedo. Me gustaría ver qué me va a pasar. He corrido maratones durante 36 o 37 años. Pero como estoy envejeciendo, empeoro; soy más lento cada vez. No importa. Quiero saber durante cuánto tiempo más podré correr y disfrutarlo. Muchos amigos lo dejaron porque les deprime. A mí no. Es la vida y quiero saber cómo sigue, qué va a pasar conmigo. Me entusiasma.

Algunas ficciones suyas se han llevado al cine. ¿Qué piensa cuando otros le cuentan historias que usted imaginó? Ya no son mías y me hacen sentir incómodo. Me gusta el cine, pero trato de mantenerme al margen de lo que se hace a partir de mis relatos.

Sobre la más reciente, Burning, de Lee Chang-dong, se ha dicho que transmite cierta “rabia millennial”. ¿Lo comparte? No vi la película. Cuando escribí el cuento, Quemar graneros, lo que surgió en mi cabeza fue el título. Imaginé qué clase de historia podía escribir para ese título que me perseguía, y apareció un joven con coche importado que cada dos meses quema un granero ajeno y se lo cuenta a un escritor mientras fuman un porro. Inventé una historia capaz de llenar esa imagen. No me propuse interpretar rabia ni violencia. Para mí fueron solo palabras. Siempre es así.

Ese cuento integra El elefante desaparece, un libro pródigo en desconciertos. ¿Lo raro fascina? La vida es misteriosa y quizá ciertas cosas que cuento resulten extrañas para otros, pero son naturales para mí. Que un espíritu tome la forma de la figura de un cuadro o que haya personajes cuyas sombras se desdoblen son ideas habituales en mi vida, metafóricamente hablando. Como narrador pienso a nivel del relato; todo puede pasar. Los niños lo viven con más sencillez. Cuando eres niño y en un libro alguien atraviesa la pared, es natural. Los adultos dicen: “Es extraño”. Soy casi un viejo, pero todavía creo que puedes atravesar la pared y espero que el lector también lo crea.

“No me interesan los vínculos familiares, pero sí explorar todo lo que pasa entre un hombre y una mujer. Es una relación especial, quizá la más importante”

Vuelve al amor y al matrimonio en sus historias. ¿Qué los hace inextinguibles? No me interesan los vínculos familiares, pero sí explorar todo lo que pasa entre un hombre y una mujer. Es una relación especial; quizá la más importante. No puedes elegir a tus padres o a tus hijos, pero puedes elegir a tu pareja y tienes que ser responsable con la elección. Llevo casado 47 años con Yoko; es además la primera lectora de mis libros. ¿Por qué la elegí? No lo sé. Pienso en ello a menudo y no tengo una respuesta todavía.

La cultura estadounidense fue decisiva para su generación. ¿Qué opina del proyecto que lidera Trump? Fui adolescente en los sesenta. La cultura estadounidense era excitante, salvaje: en esa década pasó de todo; jazz, rock, literatura, pop. Absorbí eso y le estoy agradecido. Pero la cultura de Estados Unidos ya no es tan estimulante. Me interesa la política, pero escribo ficción. No hago declaraciones de otro tipo.

¿Le sorprende su éxito global? ¡Me gustaría que me lo explicaran! Sucedió en los últimos 20 años. Gratifica, pero es algo que pasó en los demás. Yo sigo igual: escribo por la mañana, cuatro o cinco horas, la misma cantidad de páginas, y cuando me levanto de la silla, solo quiero saber adónde me llevará la historia. Por eso vuelvo al día siguiente.

Haruki Murakami.
Haruki Murakami. NATHAN BAJAR

Un amigo japonés dice que en su país lo consideran una “leyenda viva”. ¿Cómo se siente eso? [Se ríe] Bueno, no soy tan viejo. Cuando me convertí en escritor, durante décadas no hice nada más. No suelo aparecer en público; no doy entrevistas ni salgo en la televisión o en la radio. Solo escribo. Dejé mi país durante muchos años; viví en Estados Unidos y Europa. La gente casi no me conoce en Japón. A los 69 años sentí que era una buena edad para empezar algo nuevo y decidí ser pinchadiscos. Supongo que todo eso debe resultar curioso. Enigmático, incluso. Pero legendario me parece demasiado.

¿Sabe que aparece cada año en las loterías del Nobel? La Academia no publica finalistas. Son especulaciones de los editores y no me interesan. Pero me alegraron los premios a Dylan e Ishiguro porque valoro sus obras. Escribir es como el aire para mí. Disfruto del puro placer y la alegría de escribir; ese es el propósito de mi vida. Soy feliz con eso. Lo demás no es tan importante. 

Poemas de amor. Jaime Sabines: Me tienes en tus manos.

Hoy les comparto este poema de Jaime Sabines, Me tienes en tus manos. Cosa bellísima pero, sobre todo, atinada. Cuando el amor avanza al siguiente nivel. No es la magia del primer encuentro, es más bien la certeza de saberse experto en el otro. Cuando nada se puede esconder, porque es inminente: ya lo sabe. Una historia de complicidad, intimidad y redención.

Me tienes en tus manos. Jaime Sabines (1926-1999)
México

Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mí mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.
A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.

Jaime Sabines y la periodista Pilar Jiménez Trejo.