¿Por qué leer a Shakespeare?

Más bien pensemos por qué no leerlo.

Shakespeare está en todos lados: en una canción de los Beatles, en un libro de Umberto Eco, en un poema de Jorge Luis Borges. Hay que leerlo porque sus frases abarcan cualquier situación de la vida. Hay que leerlo porque es el genio de lo simple, no se anda con rodeos, ni con frases complicadas. Ser o no ser, esa es la cuestión. Nos habla del existencialismo que domina nuestras vidas. No más.

Hamlet no falla nunca, Sueño de una noche de verano no falla nunca, Romeo y Julieta menos. No puede faltar Shakespeare en nuestras vidas.

Algunas frases memorables:

Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero

En un minuto hay muchos días

Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar

Deja en libertad a tus ojos: contempla otras bellezas

No basta levantar al débil, hay que sostenerlo después

Sabemos lo que somos, pero no en lo que podemos convertirnos

El pasado es un prólogo

Hay para mí más peligro en tus ojos que en afrontar veinte espadas desnudas

Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara

Haruki Murakami: “El trabajo de un novelista es soñar despierto”

Entrevista para El País por Raquel Garzón.

Escritor superventas y favorito en las quinielas del Nobel, a sus 69 años el japonés Haruki Murakami calcula que su literatura le permitirá seguir persiguiendo “vidas distintas” durante una década más. Reacio a las entrevistas, recibe en exclusiva a El País Semanal en Ecuador para hablar del poder de la imaginación, los miedos, los maratones, el matrimonio y las ganas de probar cosas nuevas. Desde agosto conduce en Tokio un programa radiofónico en el que cultiva otra de sus pasiones: la música.

TODOS VIVIMOS en una especie de jaula. Puede ser de oro y hermosa, pero es la jaula que supone ser solo uno mismo”, dirá él, que vende libros por millones y cuyo nombre suena infaltablemente como candidato al Nobel desde hace una década. Haruki Murakami, autor de novelas como Tokio bluesBaila, baila, baila y 1Q84, y el escritor japonés que ha sido traducido a 50 idiomas, hizo de la literatura un salvoconducto para burlar ese encierro. Y de no conceder entrevistas, parte de su leyenda.

¿Murakami, el que corre un maratón por año desde hace 37, escribe improvisando como un jazzman y tiene una colección de 10.000 vinilos? ¿El que tachona sus historias de personajes sin nombre, canciones, túneles, gatos, soledades, espectros, sueños, crueldades y vuelve al amor y al desamor —una y otra vez— como si en verdad pudiéramos entenderlos?

Ese mismo Murakami (Kioto, 1949), fanático de los Beatles y casado a lo Lennon desde hace 47 años con una mujer llamada Yoko, acaba de entrar al salón del cuarto piso del hotel que ocupa hoy el solar de la primera casa construida en el casco colonial de Quito, fundada por Francisco Pizarro en el siglo XVI. El narrador que imagina novelas por entregas con libros iniciales de 600 páginas y tiene a los lectores colgados como yonquis esperando las siguientes 400 visita por primera vez ­Sudamérica a raíz de los festejos de un siglo de relaciones entre Ecuador y Japón. “La altitud hace peligroso correr aquí, pero visité Galápagos, que es muy hermoso. Hablé también en un teatro donde unas 2.000 personas me hicieron sentir como Bruce Springsteen”, bromea.

Lleva una barba entrecana de varios días y calza deportivas negras con cordones color naranja rabioso que hacen temer que se dará a la carrera si las preguntas lo incomodan. Confirma en la charla algo leído: tiempo atrás compró en Hawái la casa donde se filmó Perdidos. “Fue casualidad, no conocía la serie; cuando la vi me gustó, pero eran otros los que decían: ‘¡Esa es tu casa!’. Yo no fui capaz de reconocerla”.

Cortés, al hablar en inglés cultiva un tic: antes de responder estira los silencios como si los catara y desvía la vista hacia la derecha buscando palabras que lo expliquen en ese idioma ajeno. Su decimocuarta novela es la excusa de este encuentro: La muerte del comendador refiere a una escena de la ópera Don Giovanni, de Mozart, y a una pintura que encuentra el protagonista, un retratista en plena crisis existencial. Se publica en dos volúmenes (Tusquets lanzó el segundo el 15 de enero) y solo en Japón ha vendido 1.800.000 ejemplares.

Eso alcanza y sobra para imaginar a toda la ciudad de Barcelona (bebés incluidos) leyendo al mismo tiempo al hombre que ahora sonríe, mientras recuerda su visita a Santiago de Compostela en 2009. “Los alumnos de un instituto [el IES Rosalía de Castro] eligieron Kafka en la orilla como libro del año y viajé a recibir el premio. Siempre lo recuerdo: eran chicos muy inteligentes. Me gustó Galicia; los mariscos y el vino son estupendos”.

La muerte del comendador empieza con un sueño inquietante: un artista debe pintar el retrato de un hombre sin rostro. ¿Llegó así la idea del libro? No, agregué ese prólogo. Lo primero que apareció fue el paisaje. Una casa cerca del mar, en lo alto de una montaña y en el límite: hacia delante se ve despejado, y hacia atrás, siempre nubarrones. Escribí esos párrafos iniciales y me pregunté qué pasaría porque no tenía idea. El protagonista cuenta la historia de su esposa, de quien se separa cuando le dice que no puede seguir viviendo con él. Recorre Japón en coche, solo, aturdido, sin entender qué sucede, hasta que varios meses después un amigo le presta esa casa.

Muchas de sus ficciones presentan protagonistas en crisis que atraviesan la treintena. ¿Qué significado tiene esa década para usted? En Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, una novela larga de los noventa, narré la vida de un treintañero cuya cotidianidad cambia cuando desaparecen primero su gato y luego su mujer. Empecé en tercera persona, pero volví a la primera porque sentía que lo que quería contar requería mayor intimidad. No sé por qué elijo esos protagonistas. Tal vez sea ese sesgo personal, esa búsqueda de sentido en medio de la vacilación, lo que me interesa. Es como si a esa edad nos diéramos cuenta de que esa vida es la nuestra. Ese proceso de apropiación me intriga. Uno no es tan joven ya, pero tampoco viejo. Es libre y vulnerable a la vez.

Este personaje, sin embargo, no se siente tan libre, ¿no? Su crisis es radical: pinta retratos, vive de eso, pero no sabe cuál es su obra. Lucha para entender lo que quiere expresar; es una búsqueda definitoria. La novela cuenta también eso: su descubrimiento como artista, su estado mental como creador.

“Yo no sueño. O no recuerdo los sueños, pero mi literatura está llena de ellos; los imagino. Un amigo psiquiatra me decía: ‘Escribes, no tienes que soñar”

¿Qué colores usaría para pintar su propio retrato? ¿Colores? Cuando escribo pienso en música, no veo ningún color. Quizá sea una forma de poder usarlos todos. Me pasa algo similar con los sueños. Yo no sueño. O no los recuerdo, pero mi literatura está llena de ellos; los imagino. Un amigo mío, psiquiatra, solía decirme: “Escribes, no tienes que soñar”.

¿Se ha psicoanalizado alguna vez? No, el psicoanálisis no me interesa, pero sí debería haberle preguntado por qué no creía necesario que yo soñara. Lo lamento; murió hace algunos años.

¿Extraña algo de su vida anterior a la literatura, la época en que su mujer y usted regentaban un club de jazz? Extraño el mundillo, los músicos. Pero desde agosto conduzco un programa de radio en Tokio. Soy pinchadiscos y recuperé lo más divertido de aquel tiempo. Elijo la música —rock, pop, jazz— y hablo sobre ella y sobre literatura. Tenía mis dudas, pero Yoko me alentó: “Puedes hacerlo. Serías un buen DJ”, me dijo. Y estoy disfrutándolo. El sentimiento es de puro placer.

Publicó su primera novela en 1979 y cambió su rutina: dejó de trasnochar, comenzó a correr diariamente… ¿Le gustaría que sus lectores lo leyeran también con todo el cuerpo? [Se ríe] No, escribir novelas largas como las mías requiere un esfuerzo sostenido y metódico. No es un trabajo liviano; escribo con la sensación física de darlo todo; administro mi energía como el aire en los maratones e intento ofrecer siempre algo nuevo. Solo espero que el lector disfrute del libro. Esa es su parte.

Lo preguntaba por el modo en que sus relatos convocan todos los sentidos. Hay música, sexo, comida… Me gustan las cosas físicas. Si escribo sobre alguien que bebe una cerveza, espero que los lectores quieran una. Busco imprimirle a mi literatura esa dimensión porque confío en la reacción corporal como algo ­auténtico, inmanejable, y si aparece, creo que la historia está funcionando. Si alguien en el libro enferma, me gustaría que el lector viviera sus síntomas. Ese es el propósito del relato.

Escribir sobre la soledad, la violencia, la locura, ¿qué es lo más desafiante? Lograr que los lectores rían. No sonreír; hablo de reír a carcajadas. Muchos japoneses leen mis libros de pie en el metro o en el tren, cuando van al trabajo; la gente alrededor los mira, puede resultar hasta vergonzoso para ellos. Pero yo siento que logré lo que buscaba.

¿Por qué es tan importante para usted? Reír y llorar son las emociones más transparentes. Pero hacer llorar es más sencillo. Cuando ríes es porque tu atención se ha relajado; estás allí, hay entre lo que el libro cuenta y lo que sientes un punto de encuentro, una humanidad corpórea. Me gusta llegar a ese espacio común. Soy escritor y, por supuesto, tengo opiniones e ideas que expresar, pero sin ese nivel físico esencial, risa y llanto, creo que sería muy difícil transmitir lo que quiero contar.

Haruki Murakami, retratado a finales del año pasado en Nueva York.
Haruki Murakami, retratado a finales del año pasado en Nueva York. NATHAN BAJAR 

Menshiki, el millonario solitario que homenajea a Gatsby en esta novela, no piensa en la paternidad hasta que sabe que Marie puede ser su hija. ¿Cómo fue su vivencia de ese tema? ¿Perdone?

Usted no tiene hijos… No.

¿Se arrepiente? [Se toma 30 segundos antes de contestar]. No, no me arrepiento mucho de eso. Pero cuando escribí la novela pensaba en la posibilidad de haber tenido un hijo. Quise imaginar qué hubiera pasado si, como le sucede al personaje, mi última novia hubiera tenido una niña y yo no hubiera sabido nada durante años. Hay una posibilidad muy remota, pero existe. Escribir novelas es perseguir posibilidades. Elegiste algo cuando tenías, digamos, 31 años y te trajo hasta aquí. Es lo que eres. Pero si hubieras tomado otra vía, tendrías una distinta. Tirar de esa probabilidad es el juego de la ficción. Veo mi literatura como la persecución de esas vidas diferentes. Todos vivimos en una especie de jaula, la que supone ser solo uno mismo. Como escritor de ficción, puedes salir y ser diferente. Eso es lo que estoy haciendo la mayoría de las veces.

¿Escapar? Vivir mis yos alternativos. ¿Soy yo mi protagonista o ese otro personaje, Menshiki? Podría haber sido yo; uso cosas mías para componerlo, pero es apenas una posibilidad de mí. El trabajo de un novelista es soñar despierto. Es maravilloso; lo disfruto hace 40 años y creo que voy a poder hacerlo otra década. Cuando no escribo relatos, escribo ensayos o hago traducciones. De alguna forma, escribo todos los días. Si no escribo, no es un buen día.

¿Tiene un sentido especial para usted cumplir 70 años? No siento nada especial, pero tampoco me arrepiento. Cometí errores, como todos, pero lo que pasó, pasó. La inocencia es inevitable; en eso soy una especie de fatalista. Me ha preguntado si lamento no haber tenido hijos. Simplemente sucedió. No puedo hacer nada. Acepto lo que sucede. Quizás en esto sea diferente de otras personas. Vivo y escribo mis novelas desde esa aceptación. Es importante para mí.

¿Acepta también sus miedos? ¿A qué le teme? Me estoy haciendo viejo. No sé cómo es ni qué se siente porque es mi primera experiencia [se ríe]. Pero tengo curiosidad y es más fuerte que el miedo. Me gustaría ver qué me va a pasar. He corrido maratones durante 36 o 37 años. Pero como estoy envejeciendo, empeoro; soy más lento cada vez. No importa. Quiero saber durante cuánto tiempo más podré correr y disfrutarlo. Muchos amigos lo dejaron porque les deprime. A mí no. Es la vida y quiero saber cómo sigue, qué va a pasar conmigo. Me entusiasma.

Algunas ficciones suyas se han llevado al cine. ¿Qué piensa cuando otros le cuentan historias que usted imaginó? Ya no son mías y me hacen sentir incómodo. Me gusta el cine, pero trato de mantenerme al margen de lo que se hace a partir de mis relatos.

Sobre la más reciente, Burning, de Lee Chang-dong, se ha dicho que transmite cierta “rabia millennial”. ¿Lo comparte? No vi la película. Cuando escribí el cuento, Quemar graneros, lo que surgió en mi cabeza fue el título. Imaginé qué clase de historia podía escribir para ese título que me perseguía, y apareció un joven con coche importado que cada dos meses quema un granero ajeno y se lo cuenta a un escritor mientras fuman un porro. Inventé una historia capaz de llenar esa imagen. No me propuse interpretar rabia ni violencia. Para mí fueron solo palabras. Siempre es así.

Ese cuento integra El elefante desaparece, un libro pródigo en desconciertos. ¿Lo raro fascina? La vida es misteriosa y quizá ciertas cosas que cuento resulten extrañas para otros, pero son naturales para mí. Que un espíritu tome la forma de la figura de un cuadro o que haya personajes cuyas sombras se desdoblen son ideas habituales en mi vida, metafóricamente hablando. Como narrador pienso a nivel del relato; todo puede pasar. Los niños lo viven con más sencillez. Cuando eres niño y en un libro alguien atraviesa la pared, es natural. Los adultos dicen: “Es extraño”. Soy casi un viejo, pero todavía creo que puedes atravesar la pared y espero que el lector también lo crea.

“No me interesan los vínculos familiares, pero sí explorar todo lo que pasa entre un hombre y una mujer. Es una relación especial, quizá la más importante”

Vuelve al amor y al matrimonio en sus historias. ¿Qué los hace inextinguibles? No me interesan los vínculos familiares, pero sí explorar todo lo que pasa entre un hombre y una mujer. Es una relación especial; quizá la más importante. No puedes elegir a tus padres o a tus hijos, pero puedes elegir a tu pareja y tienes que ser responsable con la elección. Llevo casado 47 años con Yoko; es además la primera lectora de mis libros. ¿Por qué la elegí? No lo sé. Pienso en ello a menudo y no tengo una respuesta todavía.

La cultura estadounidense fue decisiva para su generación. ¿Qué opina del proyecto que lidera Trump? Fui adolescente en los sesenta. La cultura estadounidense era excitante, salvaje: en esa década pasó de todo; jazz, rock, literatura, pop. Absorbí eso y le estoy agradecido. Pero la cultura de Estados Unidos ya no es tan estimulante. Me interesa la política, pero escribo ficción. No hago declaraciones de otro tipo.

¿Le sorprende su éxito global? ¡Me gustaría que me lo explicaran! Sucedió en los últimos 20 años. Gratifica, pero es algo que pasó en los demás. Yo sigo igual: escribo por la mañana, cuatro o cinco horas, la misma cantidad de páginas, y cuando me levanto de la silla, solo quiero saber adónde me llevará la historia. Por eso vuelvo al día siguiente.

Haruki Murakami.
Haruki Murakami. NATHAN BAJAR

Un amigo japonés dice que en su país lo consideran una “leyenda viva”. ¿Cómo se siente eso? [Se ríe] Bueno, no soy tan viejo. Cuando me convertí en escritor, durante décadas no hice nada más. No suelo aparecer en público; no doy entrevistas ni salgo en la televisión o en la radio. Solo escribo. Dejé mi país durante muchos años; viví en Estados Unidos y Europa. La gente casi no me conoce en Japón. A los 69 años sentí que era una buena edad para empezar algo nuevo y decidí ser pinchadiscos. Supongo que todo eso debe resultar curioso. Enigmático, incluso. Pero legendario me parece demasiado.

¿Sabe que aparece cada año en las loterías del Nobel? La Academia no publica finalistas. Son especulaciones de los editores y no me interesan. Pero me alegraron los premios a Dylan e Ishiguro porque valoro sus obras. Escribir es como el aire para mí. Disfruto del puro placer y la alegría de escribir; ese es el propósito de mi vida. Soy feliz con eso. Lo demás no es tan importante. 

Poemas de amor. Jaime Sabines: Me tienes en tus manos.

Hoy les comparto este poema de Jaime Sabines, Me tienes en tus manos. Cosa bellísima pero, sobre todo, atinada. Cuando el amor avanza al siguiente nivel. No es la magia del primer encuentro, es más bien la certeza de saberse experto en el otro. Cuando nada se puede esconder, porque es inminente: ya lo sabe. Una historia de complicidad, intimidad y redención.

Me tienes en tus manos. Jaime Sabines (1926-1999)
México

Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mí mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.
A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.

Jaime Sabines y la periodista Pilar Jiménez Trejo.

La relectura: siempre se vuelve al primer amor.

Por Milfred Baptista

La Rayuela que leí hace diez años y la que re-leí en estos días poco se parecen. Al releer la novela de Julio Cortázar, descubrí un montón de detalles que pasé por alto la primera vez y, creo, de hecho, que en aquel momento entendí todo al revés. No podría ser de otra forma, ya no soy la misma de hace una década, son otras mis circunstancias, mi color favorito ya no es el azul sino el blanco.

La relectura es un recurso necesario y revelador. La comprensión de un texto no es algo automático, es más bien el resultado de ir y volver varias veces. Releer es quizás la forma de sanar las heridas que deja la desconcentración y el descuido, por lo que no se debe ver jamás como una perdida de tiempo sino justo lo contrario: el camino seguro para comprender el texto y sacarle el mayor provecho.

Italo Calvino en su ensayo ¿Por qué leer a los clásicos? señala que en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud ya que tienden a ser poco provechosas por la impaciencia, distracción e inexperiencia de la vida.

Jorge Luis Borges ha dicho que la relectura ha sido su práctica favorita. “Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer, se necesita haber leído”.

Hay libros que parecen escritos para ser leídos dos veces. Volvemos a leer el libro que nos ha enamorado, y lo hacemos como una forma de ponernos a prueba, una suerte de ejercicio de memoria con el que constatamos el grado de interés y atención que le dimos al texto, y descubrimos datos nuevos para armar todo otra vez.

La relectura nos deja claro que nada es más vital que redescubrir lo que dábamos por hecho. Siempre se vuelve al primer amor.

Recomendaciones para evolucionar a partir de la tristeza

Algunos consejos tomados sobre todo de la carta VIII que Rilke escribió en 1904, y que hablan del poder de la tristeza para transformar al ser humano.

 “Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón y trata de amar a las preguntas mismas”.

–– Rainer Maria Rilke


“Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que experimentamos como si se tratara de una parálisis”, le escribió Rainer Maria Rilke al joven Franz Xaver Kappus, con quien tendría una correspondencia epistolar por más de cinco años. “Porque ya no percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros”.

En casi todas sus cartas, que más allá de estar dirigidas al militar Kappus nos aluden a todos, profundamente, Rilke retoma el tópico de la tristeza, y la soledad que necesariamente la acompaña. En su carta VIII hay un cúmulo de meditaciones que vale la pena tener en cuenta cuando nos acaece el ubicuo fantasma de la melancolía. Equiparar las emociones con la arquitectura de una casa, por ejemplo, o con un cruce de avenidas, es una buena manera de aprehenderlas. Cuando una tristeza grande entra en nosotros, nos transformamos como se transforma una casa en la que ha entrado un huésped. “Por ello es tan importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste”, escribió Rilke.

Cuanto más callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser en nuestras tristezas, tanto más profunda y resueltamente se adentra lo nuevo en nosotros. Tanto mejor lo hacemos nuestro, y con tanta mayor intensidad se convierte en nuestro propio destino.

De acuerdo con el poeta, la importancia de la soledad radica en que no es algo que podamos fundamentalmente escoger o rechazar. Somos solitarios, enfatiza. Sin embargo, todos tenemos la tendencia a engañarnos a nosotros mismos y pretender que no es así: nos engañamos por miedo a sentir y perdernos en los cambios de infraestructura que ocurren alrededor. “Así, por cierto, ocurrirá que sintamos vértigo, pues nos vemos privados de todos los puntos de referencia en que solía descansar nuestra vista. Ya no hay nada cercano. Y todo lo que es lejano está infinitamente lejos”.

Esta es la arquitectura transformada de la que hablábamos. La soledad es un cambio tan grande que se extiende al mundo de las cosas. Las paredes pueden alejarse de nosotros hasta el punto de hacernos sentir que no estamos allí. Y no importa cuanto tiempo pasemos en un cuarto, cuantas cosas introduzcamos en él, no podemos llenarlo, habitarlo.

Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el estado anterior de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas.

Muchos de estos cambios que menciona Rilke se producen de un modo repentino o brusco, y entonces surgen aprensiones insólitas, sensaciones extrañas que parecen rebasar lo humanamente soportable. “Pero es necesario”, aconseja, “que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del modo más amplio posible”.

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En su carta subraya que, el hecho de que los humanos seamos cobardes cuando se nos presenta algo tan inexplicable y abstracto como la soledad, le ha hecho mucho mal al mundo. O, en otras palabras, la cobardía ha aletargado su proceso de evolución y ha circunscrito las relaciones entre los seres humanos.

No sólo por desidia se repiten las relaciones humanas con tan indecible monotonía y sin renovación alguna de un caso a otro, sino también por temor y recelo ante cualquier vivencia nueva y de imprevisible trascendencia, que uno cree superior a sus fuerzas.

Lo que queda de esta carta, y del resto de ellas –que se aproximan esencialmente a lo mismo– es que la tristeza es una posesión que debe ser recibida como un huésped. Hay que ser pacientes.

Así que no debes asustarte cuando una tristeza se alce ante ti, más grande de lo que jamás has visto; cuando una inquietud pase como sombras de luz y nube sobre tus manos y sobre todo lo que hagas. Debes pensar que la vida no te ha olvidado, que te tiene entre las manos; no te dejará caer. ¿Por qué querrías excluir de tu vida toda inquietud, todo dolor, toda melancolía, si no sabes lo que estas condiciones están haciendo por ti?

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Rilke, como Borges, Cavafis y muchos otros, es categórico al decir que la valentía es lo único que importa realmente. “Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del modo más vasto posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser posible allí. Ese es fundamentalmente el único valor que se nos pide: ser valientes en la cara de lo más extraño, lo más singular y lo más inexplicable que nos pueda acaecer”.

Las cartas, en su totalidad, componen un arsenal de sabiduría que, al hablar de las emociones más “humanas”, se dirigen a cada uno de nosotros para hacernos reflexionar y quizá cambiar de perspectiva. Pero Rilke mismo dejó claro que “nadie puede aconsejarte y ayudarte, nadie. Sólo hay un camino. Ve hacia ti mismo”.

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